Réquiem para la paria/patria/poeta
Carola Pizarro Araya
Susana Moya (Coquimbo, 1957-2010) era una mujer pequeña, menuda, cuya fragilidad orgánica se hacía patente en el mismo grado que el peso de sus convicciones adquirían un carácter rayano en la obstinación. Durante los veinte años que la frecuenté, tuve acercamientos y alejamientos que no llegaron a ser heridas; sin duda en mi recuerdo de Susana faltaban renglones por llenar, que fueron completados por esbozos arbitrarios de juicios de valor. Su intensa vocación por la defensa de los DDHH violentados en estos supuestos tiempos democráticos me la dibujaron rara avis, su intransable actitud ante los agentes civiles del horror dictatorial que circulaban libres de polvo y paja por La Serena y Coquimbo, me mostraban una mujer cuya carencia de cautela era temeraria.
Su poesía tenía un perfume doloroso, de puerto, trinchera y soledades, pero también de amor por los márgenes, donde, de un modo u otro, empezó a vivir, de resultas de su vocación por no comer en la casa del verdugo, a la manera lihneana. La institución de la democracia de Concertación la dejó fuera, sistemáticamente, del espacio laboral, para el cual estaba sobrecalificada. Su exilio de las salas de clases fue su último dolor, que empezó a sanarse muy tarde.
A fines de diciembre, en medio de la farra eleccionaria, nos reencontramos; me dejó el regalo de poder, por primera vez, hacer algo, un gesto diminuto, por ella, que había hecho tanto por muchos y me devolvió, en cuatro semanas de confidencias, risas y penas compartidas, abrir la puerta a una nueva mirada sobre el mundo de la poesía, la política y la vida y por primera vez, llenar mis vacíos de información con la verdad sobre su ser, siempre azaroso.
La tarde del domingo 31 de enero, su llamada me sorprendió; su voz extrañamente titubeante me dejó en alerta, "Estoy enferma, me siento mareada, mi prima grande me viene a buscar, te llamo porque el taller va igual, no te preocupes, lo vamos a hacer de todas maneras, donde sea...". Pasó una larga noche, luego todo se deslizó como un barco en aguas mansas: Susana Moya, poeta de la generación ochentera, rendía su cuerpo durmiente a un sueño más intenso el martes 2 de febrero de 2010.
Mirando la sonrisa definitiva que la iluminaba entre flores y cantares, más allá de la imposible reunión en el puerto donde vivió sus gozos y sufrimientos más profundos, pensé que quizás ahora, entre los brazos amorosos del dios-príncipe azul que había encontrado, estaría a salvo de las jaurías del horror que irrevocablemente vuelven y su gesto de intransigencia se me hizo al fin claro, iluminando la larga noche de mis cobardías.
Extraído de aquí
Carola Pizarro Araya
Susana Moya (Coquimbo, 1957-2010) era una mujer pequeña, menuda, cuya fragilidad orgánica se hacía patente en el mismo grado que el peso de sus convicciones adquirían un carácter rayano en la obstinación. Durante los veinte años que la frecuenté, tuve acercamientos y alejamientos que no llegaron a ser heridas; sin duda en mi recuerdo de Susana faltaban renglones por llenar, que fueron completados por esbozos arbitrarios de juicios de valor. Su intensa vocación por la defensa de los DDHH violentados en estos supuestos tiempos democráticos me la dibujaron rara avis, su intransable actitud ante los agentes civiles del horror dictatorial que circulaban libres de polvo y paja por La Serena y Coquimbo, me mostraban una mujer cuya carencia de cautela era temeraria.
Su poesía tenía un perfume doloroso, de puerto, trinchera y soledades, pero también de amor por los márgenes, donde, de un modo u otro, empezó a vivir, de resultas de su vocación por no comer en la casa del verdugo, a la manera lihneana. La institución de la democracia de Concertación la dejó fuera, sistemáticamente, del espacio laboral, para el cual estaba sobrecalificada. Su exilio de las salas de clases fue su último dolor, que empezó a sanarse muy tarde.
A fines de diciembre, en medio de la farra eleccionaria, nos reencontramos; me dejó el regalo de poder, por primera vez, hacer algo, un gesto diminuto, por ella, que había hecho tanto por muchos y me devolvió, en cuatro semanas de confidencias, risas y penas compartidas, abrir la puerta a una nueva mirada sobre el mundo de la poesía, la política y la vida y por primera vez, llenar mis vacíos de información con la verdad sobre su ser, siempre azaroso.
La tarde del domingo 31 de enero, su llamada me sorprendió; su voz extrañamente titubeante me dejó en alerta, "Estoy enferma, me siento mareada, mi prima grande me viene a buscar, te llamo porque el taller va igual, no te preocupes, lo vamos a hacer de todas maneras, donde sea...". Pasó una larga noche, luego todo se deslizó como un barco en aguas mansas: Susana Moya, poeta de la generación ochentera, rendía su cuerpo durmiente a un sueño más intenso el martes 2 de febrero de 2010.
Mirando la sonrisa definitiva que la iluminaba entre flores y cantares, más allá de la imposible reunión en el puerto donde vivió sus gozos y sufrimientos más profundos, pensé que quizás ahora, entre los brazos amorosos del dios-príncipe azul que había encontrado, estaría a salvo de las jaurías del horror que irrevocablemente vuelven y su gesto de intransigencia se me hizo al fin claro, iluminando la larga noche de mis cobardías.
Extraído de aquí
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